Lección 15 del Tratado de las Buenas Maneras de Alfonso Ussía:
"Hasta la fecha, excepto en las tribus por misionar que viven en las riberas del Amazonas, y algún que otro colectivo de la zona central africana, se tiene por buena costumbre dar de mamar en privado. La madre lactante, cuando la leche sube y el bebé la demanda, busca un lugar recoleto y tranquilo, libre de miradas curiosas, para ofrecer al pequeño mamón el milagroso producto de la maternidad. La lactancia no es espectáculo agradecido. Las domingas de las féminas, tan apetecibles en periodos de secano, multiplican su tamaño hasta proporciones escándalosas cuando ejercen el tierno y maravilloso quehacer de cocinas ambulantes. Con independencia de la virtud y belleza de la mamancia, contemplar los chupetones de los mamoncetes en las rebosantes tetas de las madres lactantes, produce un cierto rubor. Lo malo es que ahora no es fácil escaparse.
Hace poco, en una terraza de la Castellana, me reencontré casualmente con una vieja amiga de mi juventud, que acunaba a su hijo de tres meses. Me senté a su lado, le pregunté por su marido y esas cosas que siempre se preguntan y me interesé vivamente por la pequeña circunstancia que dormía plácidamente en su maternal regazo. En un momento dado, cuando iba a incorporarme, la pequeña circunstancia que dormía plácidamente, se despertó y comenzó a berrear. La situación, si bien no agradable, tampoco era comprometida. El niño lloraba y yo le hacía carantoñas en su finísima piel de melocotón temprano. Mi vieja amiga, quizás emocionada por la ternura que yo demostraba a su menuda larva, sonreía como sólo sonríe una joven madre orgullosa. Fue entonces cuando inesperadamente, con un golpe muelle y repentino, se sacó una teta.
¿A quién miro -me preguntaba yo-, a la madre, al hijo, a la teta o a la circulación? Los viandantes que pasaban por nuestra mesa, bajaban la cabeza pudorosamente, para evitarse el espectáculo. El bebé, ajeno a todo, y a todos, producía un ruído de succión que mi timidez convertía en estrépito. Entretanto, mi vieja amiga me recordaba tiempos pasados, amigos comunes, y sucesos compartidos. El bebé, más tranquilo, dejó de chupar. Se calló un segundo y comenzó a berrear nuevamente. Fue entonces, cuando, inesperadamente, con dos golpes muelles y repentinos, se metió una teta y se sacó la otra. En ese punto y hora, me excusé, me levanté, tropecé, caí sobre el niño y la teta, balbuceé unas palabras y me fui.
¿Por qué esa manía de dar de mamar en público? Las defensoras de ello aseguran que es un acto natural del que no hay que ocultarse. ¿No son precisamente los actos naturales los que más exigen el sosiego del escondite? Dar de mamar en público subraya un determinante mal gusto. Y el mal gusto está siempre reñido con las deseables buenas maneras."
He traído a este blog un capítulo del manual de Alfonso Ussía, ya que últimamente se ha puesto de moda la "tetada reivindicativa" en calles y sitios públicos, en el convencimiento de que es algo que hay que propagar y difundir.
En algunas de esas manifestaciones (sentadas), he podido observar madres dando de mamar a niños de primaria, otras con ambos pechos fuera (porque tenían gemelos y debían comer a la vez) y algunas otras escenas bastante "perturbadoras" si de lo que hablamos es de buen gusto.
Imagino que a estas madres coraje de la lactancia les importará un pimiento el buen gusto, cuando de dar de comer a sus vástagos se trata. En parte estoy de acuerdo, pero... hasta cierto punto. Y no quiero ofender a nadie, pero existen multitud de actos tan naturales y necesarios como mamar, que requieren de cierta discreción, cuando no de ocultación.
Hace poco, yo también pude presenciar cómo una señora de gran tallaje sentada en una terraza, frente a mi mesa, nos dejó con la boca abierta al desabrocharse la blusa y enseñarnos a todos los presentes lo que la naturaleza tan generosamente le había regalado, bajo el pretexto de dar de mamar. El pudor, la discreción, la elegancia y el buen gusto se habían ido de paseo todos juntos bien lejos de aquella señora... Prácticamente todos los señores que allí se encontraban, obviaron de pronto a sus respectivas mujeres y se concentraron en la señora de las enormes "lolas", de modo que decidí que el café debía ser tomado urgentemente para poder salir de aquél escenario lo antes posible.
Ni qué decir tiene, que mi acompañante tardó lo suyo en quitarse la sonrisa boba de la cara... y el agua de la boca...