¡Fietta, Fietta! ¡Aleluya, aleluya! No puedo creerlo... pero sí, sí, sí, por fín. Mis súplicas han sido recogidas por no sé muy bien quién, y este sábado me voy de marcha. Bueno, toda la marcha que yo me suelo permitir, que es una cena y una discoteca para mayores de 25...
Esto... no sigo por ese camino, que me deprimo, y no quiero. Deseo seguir exultante, pletórica, eufórica, histérica, ojiplática, mayestática y taquicárdica...
Recuerdo que la última noche
loca que viví tuvo lugar el año pasado. En diciembre. Debíamos ser tres parejas, pero al final y siguiendo mi tradición de plantarme que para eso nací con nombre de flor, fuímos sólo una: la de siempre, J.J. y yo. Él aún no se atreve a plantarme... Todo llegará. Las tradiciones no deben perderse.
Cenamos en el restaurante San Marco de la calle Santo Domingo de la Calzada, en Nervión. Un sitio estupendo si te gusta la comida italiana, el estilo neoclásico y escuchar las conversaciones de la pareja de al lado. Eso está garantizado. Menos mal que J.J. y yo sabemos leernos los labios... sobre todo él a mí, que soy la que más hablo.
Yo ya sé que él se desconecta de una servidora a los aproximados 30 segundos de cháchara, pero como me quiere, disimula y asiente de vez en cuando. Antes hacía el gesto de apoyar la cabeza sobre la mesa, pero un día le dejé las cosas claras y ahora se mantiene rígido como un poste telegráfico...
Lo malo es que no anda muy allá de memoria, y pasadas unas dos horas y ya en la sala de baile, suele contarme con cara de novedad el chiste que antes le he contado yo en la cena... Depende de mi alegría conceptual, el que yo me enfade o me dé por reirme en ese momento tan duro para una pareja.
La última vez que fuimos a bailar, se levantó un momento para ir al baño, y uno que tampoco debe gozar de muy buena memoria, se acercó a mí para ligar (o eso creo). Las cosas han cambiado mucho desde que yo estaba en el mercado, porque me ofreció un cigarro (en zona de no fumadores) y luego un chicle. Nada de tomar una copa, que se me nota en la cara que debo tener muy mala bebida... Menos mal que J.J., rápido donde los haya en un mingitorio, no dió tiempo para más y despidió al tipo generoso con una palmadita en la espalda, que a la postre fue recíproca. ¡Cualquiera hubiera dicho que se conocían!
Vamos a ver cómo se nos da este sábado. Sea como sea, me siento predispuesta a pasarlo bien y como además me han autorizado (y aconsejado) a lucir escote, espero que no haga mucho frío, porque ésta que está aquí va a satisfacer tal deseo...
A lo mejor, esta vez vuelve a casa con cierto dolor de vejiga... ay...