Toda una vida (2ª Parte)
La llamaría. Y se abriría de par en par. Para ella. Por ella. Su Ángela.
Hablaron durante un buen rato. De pronto, la mujer comprendió el recelo de su antigua amiga. Entendió el enfriamiento de las relaciones, sin explicación. Supo de los motivos de la amistad fraternal de los dos compañeros.
Carlos no le había fallado jamás. Hasta ese momento.
Ángela era una mujer digna, de creencias religiosas, de educación estricta y no contemplaba tan siquiera la posibilidad de iniciar una relación con aquél hombre que no le pertenecía y que estaba decidido a abandonar a su mujer.
Le gustaba sí. Siempre le había caído muy bien… pero no era libre. Aún divorciado, no sería libre a sus ojos. Se sentiría culpable siempre. Por su amiga.
Decidieron de mutuo acuerdo no volver a tener contacto. Ya, con las cartas sobre la mesa, era imposible retomar una relación amistosa. Y no se contemplaba por parte de ella, ninguna otra. Ángela se enfadó con él.
Ambos colgaron los teléfonos con lágrimas en los ojos. Habían perdido mucho. Estaban vivos y muertos a un tiempo.
¿Por qué tuve que llamar? –se decía él, cada día.
¿Por qué tuve que colgar? –se preguntaba ella, cada noche.
Pasados cinco años, Mónica falleció tras una larga enfermedad en la que contó con la paciente y solícita ayuda de su marido. Él la quería. La quiso mucho. El cariño y el respeto eran lazos sólidos e inquebrantables.
El amor y el deseo eran otra cosa. Pertenecían, siempre habían pertenecido, a su Ángela.
Tras el funeral, ambos volvieron a verse. Esta vez con ojos nuevos. Las miradas, exculpadas. Las conciencias, calmadas. Las palabras, libres…

Carlos y Ángela vivieron juntos y todo lo felices que pudieron ser, los últimos años de su vida. Con el amor, la tranquilidad y el sosiego que merecían.
-¿Sabes...? Creí que nunca podría decirte que te quiero. Que te he querido siempre.
-Carlos…qué bonita es la vida… ¿no crees…?













