11/05/2008

Toda una vida (2ª Parte)


La llamaría. Y se abriría de par en par. Para ella. Por ella. Su Ángela.


Hablaron durante un buen rato. De pronto, la mujer comprendió el recelo de su antigua amiga. Entendió el enfriamiento de las relaciones, sin explicación. Supo de los motivos de la amistad fraternal de los dos compañeros.


Carlos no le había fallado jamás. Hasta ese momento.


Ángela era una mujer digna, de creencias religiosas, de educación estricta y no contemplaba tan siquiera la posibilidad de iniciar una relación con aquél hombre que no le pertenecía y que estaba decidido a abandonar a su mujer.


Le gustaba sí. Siempre le había caído muy bien… pero no era libre. Aún divorciado, no sería libre a sus ojos. Se sentiría culpable siempre. Por su amiga.


Decidieron de mutuo acuerdo no volver a tener contacto. Ya, con las cartas sobre la mesa, era imposible retomar una relación amistosa. Y no se contemplaba por parte de ella, ninguna otra. Ángela se enfadó con él.


Ambos colgaron los teléfonos con lágrimas en los ojos. Habían perdido mucho. Estaban vivos y muertos a un tiempo.


¿Por qué tuve que llamar? –se decía él, cada día.


¿Por qué tuve que colgar? –se preguntaba ella, cada noche.


Pasados cinco años, Mónica falleció tras una larga enfermedad en la que contó con la paciente y solícita ayuda de su marido. Él la quería. La quiso mucho. El cariño y el respeto eran lazos sólidos e inquebrantables.


El amor y el deseo eran otra cosa. Pertenecían, siempre habían pertenecido, a su Ángela.


Tras el funeral, ambos volvieron a verse. Esta vez con ojos nuevos. Las miradas, exculpadas. Las conciencias, calmadas. Las palabras, libres…





Carlos y Ángela vivieron juntos y todo lo felices que pudieron ser, los últimos años de su vida. Con el amor, la tranquilidad y el sosiego que merecían.


-¿Sabes...? Creí que nunca podría decirte que te quiero. Que te he querido siempre.


-Carlos…qué bonita es la vida… ¿no crees…?


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09/05/2008

Toda una vida (1ª Parte)

  
Carlos había estado siempre ahí. Justo a su lado.


Era compañero de trabajo de Jorge, su marido y junto con su esposa, amigos todos. Los cuatro salían a cenar con frecuencia, luego a bailar, unas copas, risas, charlas…


Ángela solía decirle a su marido que pensaba que no caía bien a Mónica, la mujer de su compañero, pero que no sabía decirle por qué. Éste le contestaba que probablemente era por envidia, algo común entre las señoras.


¿Envidia? ¿De qué...?


Carlos y Mónica tenían todo lo que podían desear. Más que ellos incluso, ya que disponían de unos buenos ahorros heredados y disfrutaban de un amplio chalet con piscina, unos hijos ejemplares y un futuro sin problemas.


En cambio ellos dos sufrían dificultades económicas cada final de mes, vivían en un modesto piso en las afueras, y sus tres niños traían malas notas de continuo… Además, a Jorge su médico le había urgido a que bajase sus niveles de colesterol y su hipertensión. Su vida sedentaria y su afición al alcohol tampoco ayudaban.


Carlos le había salvado de muchos apuros en la oficina. Le había tapado, le había resuelto citas con clientes a los que Jorge nunca llegaba en hora. Le había facilitado la vida prestándole dinero que nunca recuperaba ni pretendía… La vida que compartía con ella…


Con el tiempo, las amistades se enfriaron. Ángela no sabía por qué, aunque suponía que era a causa de su marido. Dejaron de verse. Todo eran excusas. Jorge bebía cada vez más y en ocasiones, ella debía recurrir a Carlos para que le ayudara con él. Para que condujera por él. Para que le vigilara.


No había problema. Allí estuvo, estaba y estaría.


Un lúgubre y lluvioso día de abril, Jorge murió. Repentinamente. Ya estaba avisado. Una hemorragia cerebral terminó con su problema. Ángela comenzó el suyo. Debía trabajar duro para sacar a su familia adelante. Sus hijos aún eran pequeños…


Carlos de inmediato le ofreció trabajo en la oficina. Habló por ella a su jefe y la admitieron a media jornada. La ayudó en su luto, en su alivio, en su resurrección. El carecer de un minuto libre para llorar también había sido decisivo.


Pasaron los años. Pasó la vida entera, casi…


Tanto Carlos y su esposa como Ángela vivían ya solos, sin sus hijos. Se habían independizado. Los tres que un día fueron cuatro, superaban ya los sesenta, y uno de ellos decidió que la hipocresía ya no tenía sentido en su vida. Se merecía la oportunidad.


Y una tarde, tras tomar dos copas, se armó de valor y marcó su número. Mónica, su esposa, debía estar a esas horas en la peluquería, o en el centro, o en… ¡qué más daba! Ya había estado con ella toda su vida. Como prometió. Él era un hombre de palabra. Pero la vida era demasiado larga… o demasiado corta, para renunciar a ser feliz.

(continuará...)

Posted by Marga at 19:57:11 | Permanent Link | Comments (0) |

22/12/2007

Cuento de Navidad

"Andrés era socio junto con un amigo suyo de una pequeña empresa. Contaba cuarenta y cinco años de edad, estaba casado y tenía tres hijos. Desde que recordaba tener uso de razón había anhelado poder comprarse una casita con jardín y cuidarlo él mismo, en sus escasos ratos libres. Adoraba a su mujer y a sus niños, y trabajaba muy duro en su empresa confiando en poder cumplir aquél sueño que también haría felices a los suyos.

Comenzó el mes de Diciembre y Andrés pensó en comprar lotería de Navidad como todos los años. Jamás le había tocado nada, a pesar de que jugaba varios décimos. De pronto se le ocurrió que esta vez, además de lo que compraba habitualmente, guardaría uno de los décimos en secreto. Ése no se lo daría a su mujer, para que ésta comprobara la mañana del día 22 si habían sido o no agraciados en el sorteo. Aquél décimo se lo quedaría él, y si por un casual tocaba, le daría a su familia la mayor de las sorpresas... la ansiada casita con jardín.

Y llegó el sábado 22, y como de costumbre, su mujer le llamó a la oficina para comunicarle que una vez más, no habían resultado premiados.

-No importa, Andrés ¿verdad que no? Lo tenemos todo... puede ser que por eso no nos toque nunca...

-Claro que no importa, mujer. Estaré en casa a mediodía. Te quiero ¿sabes?

Recordó que él llevaba un número secreto, lo sacó de su cajón y lo comprobó en el ordenador... ¡Increiblemente, había sido agraciado con el segundo premio! Era una cantidad importante... ¡Por fin podría cumplir su viejo sueño! Por supuesto, no diría nada a su mujer, ni a sus hijos. Quería reservar el dinero para la casa. Quería darles una sorpresa inolvidable.

La casa de su vida. Imposible dejar de sonreir. No había un hombre más feliz en el mundo entero, en aquellos momentos.

Al llegar a su piso, en el que llevaba viviendo quince años, se encontró con su vecina Ana María, del 1º F, una mujer de sesenta y cinco años que lloraba amargamente sentada en la escalera de la vivienda.

Ante la preocupación de Andrés, ésta mujer le contó que le habían diagnosticado a su hija  leucemia y que únicamente podía albergar alguna esperanza acudiendo a la medicina privada, y con urgencia. Su hija tenía treinta y cinco años y dos niños pequeños, y era viuda. Ana María no tenía los medios económicos necesarios para ayudarla, y pensar en el futuro de sus nietos le estaba consumiendo su ya mermada salud. 

-No se preocupe, señora. Vaya a su casa y descanse. Ya verá como todo se soluciona. Yo la acompaño.

Cuando Andrés se hubo cerciorado de que la mujer cerraba su puerta, se acercó a los buzones de la vivienda y coló el décimo premiado en el 1º F. Inmediatamente, tomó el ascensor y se dirigió a su piso.

-Hola, cariño. ¿Alguna novedad en la empresa?

-Nada... sólo una cosa.

-¿Sí? Dime.

-Esta mañana creí que no podía ser más feliz de lo que ya era... y me equivoqué. Ahora mismo, me siento el hombre más afortunado de la tierra.

-Andrés... te quiero ¿sabes?"
Posted by Marga at 21:15:02 | Permanent Link | Comments (0) |

29/10/2007

El Olvido


Se oyó el tintineo de unas llaves en la cerradura.  Andrés, su marido desde hacía diez años, estaba abriendo la puerta. Mientras le esperaba, Ana se mantuvo sentada en su sofá azul, con los ojos cerrados, evocando mejores tiempos.

Recordó, entre otras escenas de su larga vida en común, cuando su marido le dijo por vez primera que la quería... Fue una noche de verano, sentados en un cine al aire libre, de esos que ya escasean en las ciudades  y con el cielo y las estrellas por compañeros de butaca. Él le había tomado las manos entre las suyas, y suavemente había acercado sus labios al oído de su amada:

-Te quiero, Ana. Te quiero para siempre, así me muera si miento...
Dos años más tarde, ya estaban casados. “Hasta que la muerte nos separe...” Ambos sabían que así sería: la muerte o el olvido, que es el peor tipo de muerte que puede sufrir un enamorado.

Ocho años después de aquella magnífica boda, todo resultaba distinto. ¿Dónde van los juramentos cuando el amor se acaba? ¿Dónde las almas, cuando no encuentran cobijo en la persona amada?¿Se puede vivir sin amor? ¿Se quiere vivir sin amor?

Eran las 12 de la noche de un frío y maldito viernes de Enero,  y Ana había decidido  no aguantar más aquella situación...

Durante meses, casi un año, Ana había estado sufriendo la amarga ausencia de su marido. Primero la ausencia psíquica, el olvido de fechas, de citas, de hablarse, de mirarse, de amarse... luego también la ausencia física. Siempre llegaba tarde: “hay mucho trabajo en la oficina, tenemos que echar unas horas...” le decía una y otra vez.

Ana quiso creer esa historia; por un lado, resultaba cómodo y por otro, confiaba en él y siempre había sido bueno y atento con ella, no quería ni podía ofenderle con la duda...

Pero una mañana... Una nublada mañana de Enero recibió una llamada telefónica. La llamada.
-¿Es usted Ana?
- Sí, ¿y usted...  quién es?
- Eso no importa ¿verdad? Lo importante es lo que voy a decirle...
- Perdóneme pero... ¿Qué es lo que quiere?
- Su marido, Andrés Martín, la engaña. Sale desde hace meses con otra mujer.
- Y usted... ¿cómo lo sabe?
- Soy la otra parte engañada. El marido de ella. Acuda esta noche al Café Francés y los verá juntos...

El Café Francés... le hubiera resultado cómico de no ser por el estado emocional en que se encontraba tras la increíble llamada. Había ido en innumerables ocasiones a aquél Café junto a su marido...  El local, amplio, coqueto, romántico, decorado en tonos azules y tostados, lo regentaba un tal Mario, amigo de ambos desde la adolescencia.

Mario y su Café habían sido testigos de la amistad, el noviazgo y posteriormente del matrimonio de Andrés y Ana, pero eso, por lo visto, no era óbice para ser igualmente el lugar de sus encuentros adúlteros...

Por supuesto, Ana acudió. Desde el interior de su pequeño vehículo pudo observar cómo Andrés daba el brazo a una joven a la que creía haber visto antes en alguna boda de gente de la empresa. Los vio entrar en el Café. Los observó mientras se sentaban en una mesa y llamaban la atención del amigo Mario... Parecían muy felices...

Ana se sintió morir. Saberse traicionada por su marido y por su amigo a un tiempo era algo que ella no creía merecer. Volvió llorando y conduciendo a su casa. De todas formas, aquello aún podía tener solución...

“No hay peor muerte que el olvido”, se escuchó a sí misma decir. Más aún si la persona que te está obsequiando con la indiferencia es tu vida entera, tu razón de existir... tu ser... ¡No, aquello no podía estar pasando!


Esa noche, Andrés y ella hablarían: como primera medida  él se lo confesaría todo, puede incluso que lloraran juntos para  así limpiar las ruines telarañas del alma. Luego, más calmados, partirían de cero. Harían borrón y cuenta nueva. Todo olvidado...

- Andrés, ven, siéntate  a mi lado. Tenemos que hablar.

Él sin articular palabra, obedeció a su mujer. Se situó junto a ella y la miró a los ojos, en silencio:

(Te quiero para siempre, así me muera si miento...)

- Sí, Ana. Yo también he de decirte algo...
- ¿Sí? Pues... empieza entonces tú, por favor.
- He conocido a alguien. Quisiera que nos diéramos un respiro en nuestra relación. Separarnos a ver qué tal nos va. Tengo muchas dudas sobre mis sentimientos...

Ana puso su dedo índice en posición vertical sobre sus labios, susurrando, necesitando silencio... Ya no podía oír más. Aquello no era lo que había esperado ni deseado escuchar. Él amaba a otra, y ella sobraba. Estaba dolorosamente claro.

Se levantó del confortable sofá azul  como si el mismo diablo la hubiera hipnotizado, regia, con la mirada fija en la nada, el rostro serio, con la mirada más triste que imaginarse pudiera,  y se dirigió muy despacio hacia la terraza de su bonito piso. De un salto, se sentó en la barandilla, y de ahí a la calle sólo medió un movimiento más...

Quería demasiado a su marido, y lo quería desde hacía demasiado tiempo como para saber vivir sin él. Por ello, tampoco hubiera podido hacerle el menor daño, pero había que dar una solución al problema. Y Ana la había encontrado: Borrón y cuenta nueva. Todo olvidado... Todo olvidado...

Posted by Marga at 20:12:03 | Permanent Link | Comments (3) |

26/10/2007

Desde el exterior

Nunca tuvo una relación fácil: le reprochaba a su marido demasiadas cosas, y es que él no se dejaba modelar a su manera y antojo.

Ahora que lo ve ya más claro, le apena profundamente todo lo que le hizo sufrir durante tantos años. Alguien cercano se lo quiso hacer ver, con más pena que gloria, con más crueldad que cariño, con más desacierto que tino... sin embargo, le hizo pensar, recapacitar.

Un día, que ella decidió acompañarle a cierto acto familiar, en el cual se reunió mucha gente conocida por ambos, lo observó como nunca antes había hecho: desde el exterior. Simplemente, era un hombre crecido, capaz, resolutivo, eficaz, amable, cariñoso, atento, familiar, generoso... era el mejor de todos los hombres que en aquella reunión se dieron cita. Pudo verlo como siempre había querido verlo, y su enojo constante le había impedido.

Cuando quedaron a solas, ella se lo dijo. Le hizo saber que era su héroe, ese superhombre que tanto había echado en falta... y que realmente tenía tan cerca.

Desde aquella noche, todo es distinto entre ellos. Es mejor, por supuesto. Él se siente como Spiderman y ella como Mary Jane, en una película que no tiene fin...
Posted by Marga at 13:42:14 | Permanent Link | Comments (3) |
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